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Digitalizar La Fageda sin perder el alma

Cuando pienso en la digitalización de La Fageda, sigo volviendo a esa tensión que me inquieta desde el principio: cómo introducir tecnología sin perder aquello que constituye el corazón del proyecto. La Fageda no es solo una empresa agroalimentaria; es una organización que nació para ofrecer oportunidades laborales a personas con problemas de salud mental y discapacidad intelectual. Su identidad se ha construido sobre la presencia, el acompañamiento y el vínculo humano. Por eso me resonó tanto la observación de Pablo Díaz (2024), cuando señalaba que la digitalización puede “amplificar lo humano en lugar de sustituirlo”. Esa frase sintetiza el reto central: usar tecnología sin perder el alma.

El contexto sectorial confirma que la digitalización ya no es opcional. Según AECOC (2024), más del 70% de las empresas agroalimentarias españolas han incorporado sistemas de trazabilidad digital, y un 55% utiliza herramientas de análisis de datos para optimizar procesos. Además, la propia La Fageda ha reforzado recientemente su presencia en el canal Horeca, participando en espacios de innovación como el congreso HIP, donde se presentan soluciones tecnológicas para hostelería (Servimedia & The Objective, 2024). Esto muestra que la organización ya se mueve en un entorno donde la digitalización es un estándar competitivo, aunque su misión social exige un enfoque distinto al de las empresas convencionales.

A partir de los comentarios recibidos, especialmente los de Erik Barco (2024), entendí que no basta con enumerar herramientas digitales; es necesario evaluar su viabilidad real, su impacto diferencial y su coherencia con la RSC. Erik planteaba una pregunta clave: ¿quién participaría realmente en procesos digitales como Decidim, teniendo en cuenta la diversidad funcional y los distintos niveles de autonomía de los trabajadores? Esta reflexión me llevó a priorizar propuestas que no generen exclusión ni dependencia tecnológica.

En este sentido, la trazabilidad mediante códigos QR sigue siendo una de las iniciativas más sólidas. Pablo destacaba que esta propuesta conecta muy bien con el consumidor final y refuerza el valor diferencial de La Fageda, aunque advertía del riesgo de “digitalizar el relato”. Coincido con él: la tecnología no debe sustituir la experiencia humana, pero sí puede hacerla más transparente. En un mercado donde los consumidores demandan información sobre origen, sostenibilidad y ética, ofrecer trazabilidad ética no solo es coherente con la RSC, sino que refuerza la confianza en la marca. Herramientas como GS1 Digital Link o iniciativas de trazabilidad ética impulsadas por EIT Food (2023) muestran que es posible hacerlo sin depender de plataformas extractivas.

Otra línea prioritaria es la formación interna accesible. Aquí la digitalización no sustituye nada, sino que amplifica la misión social. Plataformas como Moodle o Chamilo, adaptadas a personas con diversidad funcional, pueden mejorar la autonomía y el acompañamiento laboral. Erik insistía en que la accesibilidad no es un detalle técnico, sino un requisito ético en una organización con perfiles tan diversos. Esta idea me hizo replantear la importancia de priorizar herramientas que no solo sean útiles, sino inclusivas.

También considero fundamental avanzar hacia una comunicación interna basada en herramientas éticas como Nextcloud, Jitsi o Etherpad, recomendadas por iniciativas de soberanía tecnológica como Som Connexió (2023). Pablo valoraba que mi análisis inicial incorporara la idea de soberanía tecnológica, y creo que este es un punto clave. En un momento en que la gestión de datos es un terreno delicado, reducir la dependencia de plataformas extractivas es una forma de reforzar la coherencia ética de la organización.

Otras propuestas, como la participación digital mediante Decidim o la integración en plataformas cooperativas como Katuma u Open Food Network, son interesantes pero requieren más madurez digital. Erik señalaba que la participación digital podría volverse más formal que efectiva si no se diseña con cuidado. Y Pablo recordaba que abrir datos implica costes, gestión y riesgos de privacidad. Estas observaciones me ayudaron a situar estas iniciativas en una fase posterior, cuando la organización tenga más capacidad técnica y organizativa.

Finalmente, la idea de una app educativa, aunque atractiva, podría desplazar la experiencia humana hacia un formato demasiado mediado por la tecnología. Aquí también coincido con Pablo: no todo lo digital aporta valor, y no todo lo valioso debe digitalizarse.

Después de integrar el retorno recibido, veo con más claridad que La Fageda no necesita digitalizarse “más”, sino digitalizarse mejor. Necesita elegir herramientas que amplifiquen su misión, no que la tensionen. Y, sobre todo, necesita recordar que la tecnología no es un fin en sí mismo, sino un medio para reforzar aquello que la hace única. Si prioriza la trazabilidad ética, la formación accesible y la comunicación interna con herramientas cooperativas, podrá avanzar hacia una digitalización coherente, sostenible y profundamente alineada con su RSC. El resto puede venir después, cuando la organización tenga más madurez digital y pueda asumir iniciativas más complejas sin comprometer su esencia.

La tecnología, bien orientada, no tiene por qué alejar a La Fageda de su alma. Puede, al contrario, ayudarla a protegerla.

 

Fuentes  de  consulta

Debate0en Digitalizar La Fageda sin perder el alma

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